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El complejo del Monte de los Capuchinos

Sus antiguas vicisitudes históricas y actuales

Subir al Monte de los Capuchinos...

Significa iniciar un diálogo sereno con la colina y admirar la pequeña explanada, un verdadero balcón sobre Turín, parte de sus entornos, el nacimiento de sus valles y sobre todo el festivo coro de los grandes Alpes, centenares de kilómetros de arco alpino que revela su belleza en las mañanas de viento cuando el sol se alza sobre el escenario de Superga.
Hasta el inicio de la segunda guerra mundial, un funicular pequeño y singular (construido para la Exposición Universal de 1884) enlazaba la explanada (en Corso Moncalieri) con la plazoleta de enfrente de la iglesia. Desde el monte se divisan: la Iglesia de Santa María del Monte, un convento, el Museo Nacional de la Montaña. A la derecha de la plazoleta en dirección a Turín, en 1958 se colocó un tramo de verja de la gruta de Lourdes, donada a una peregrinación de trabajadores de Turín, quienes además en 1960 colocaron al lado una estatua de bronce de la Virgen. Debajo del museo se halla la sede histórica del Club Alpino de Italia.

La historia...

Esta pequeña elevación turinense tiene una historia muy antigua e interesante, en varias excavaciones se han encontrado fósiles de conchas marinas y otros descubrimientos que hacen pensar que muchos miles de años antes la zona fue fondo marino; fue zona de actividad prerrománica y de cultos paganos.
En el siglo XI se construyó un pequeño complejo fortificado (llamado Bastia) con torres y atalayas para la defensa del puente de madera que había en la parte inferior sobre el Po, el cual parece ser que se correspondía, lejos del río, con una fortificación llamada Rocca (por eso el nombre de la actual Via de la Rocca, al interior de la ciudad).
El convento se construyó al lado de una antigua capilla dedicada a la Virgen. Este punto estratégico fue ocupado en varias ocasiones entre el 1600 y 1800 por tropas francesas, españolas y austro-rusas que establecieron cuarteles generales y puestos de artillería en la sucesión de luchas y cercos.

La iglesia de Santa Maria del Monte...

En 1581 el Duque Carlos Emanuel I compró la Bastia a la familia Scaravelli y la concedió a los frailes franciscanos capuchinos para erigir una iglesia dedicada a San Mauricio; el diseño fue encargado al arquitecto Ascanio Vitozzi, cambiando el nombre por Santa María del Monte. Con la muerte de Vitozzi las obras continuaron de una forma discontinua bajo la dirección de Carlos de Castellamonte. La consagración de la iglesia tuvo lugar en 1656. La iglesia tiene una construcción simple y armónica sobre una base cuadrada y tambor octogonal; el interior está ricamente decorado y tiene un bellísimo altar, obra de Carlos de Castellamonte, con un trono de márbol de Benedetto Alfieri encima del precioso tabernáculo; notables son también las pinturas de Guglielmo Caccia llamado Moncalvo, y una copia de la Virgen con San Francisco de Giovanni Battista Crespi llamado el Cerano (el original está expuesto en la Galería de los Saboya de Turín), así como algunas estatuas de madera de Stefano Clemente.

El convento...

Está ligado al recuerdo de los frailes de la peste, quienes escribieron páginas de heroísmo en las recurrentes epidemias, famosa la de 1630 en un Turín diezmado por el contagio; también es recordado por el cerco de 1640, cuando fueron asesinados por las tropas francesas más de 400 personas indefensas que habían buscado refugio allí, y también por el milagro eucarístico ilustrado por una pintura de factura bastante ingenua.
El complejo del Monte, también conocido por las contribuciones de los frailes famosos por su vida de santidad e inteligente comportamiento apostólico, como el padre Ignacio de Santhià en el siglo XVIII y el cardinal Guglielmo Massaja, todavía no ha sido ilustrado adecuadamente; muchos interrogantes se plantean a los apasionados de la cultura e historia turinense entre los cuales: ¿qué pasó con la milenaria Capilla de Santa Maria del Monte? ¿Cómo era la antigua Bastia duecentesca? Estas y otras preguntas similares están a punto de recibir respuesta gracias a las excavaciones e investigaciones que serán recogidas en un libro a punto de publicarse; éste descubrirá momentos y aspectos de la historia turinense, de la casa de los Saboya y de los franciscanos, y escribirá páginas inéditas del Monte.

Una síntesis de algunas investigaciones sobre la historia del monte...

Dos afortunados hallazgos caracterizaron la colosal y solicitada restauración que se está concluyendo en la Iglesia de Santa María del Monte de los Capuchinos. Durante las labores de restauración (1989) y consolidación de la fachada, después labre de limpieza, se halló una puerta en la pared que escondía una pequeña estancia. En una fosa del pavimento se descubrió un ataúd de madera en pésimo estado que contenía un esqueleto. Inmediatamente se pensó en el cuerpo del Padre Cherubino Fournier de Maurienne, muerto en este Convento en 1609 a los 44 años. Amigo íntimo de San Francesco di Sales, consejero leal del Duque Carlo Emanuele I e inspirador del Papa Paolo V para que constituyera la Sagrada Congregación de Propaganda delos Fieles, las huellas de este humilde Capuchino se perdieron en 1630, cuando la peste invadió el Piemonte y otras zonas del mundo. Por este motivo la beatificación permaneció suspendida sine die, en ausencia del cuerpo. Ahora que ha sido encontrado, ¿será transportado al honor de los altares?

El hallazgo de los restos de Filippo d'Agliè (después de 322 años: 1667-1989)

La vida y la historia de otro personaje encontrado en el Monte son muy diferentes, aunque el hallazgo también sea accidental.
Como se debían reunir las cenizas de los antiguos frailes sepultados en la cripta del Convento, se decidió cavar una fosa en el propio jardín. Con gran estupor de los trabajadores salió a la luz un esqueleto perfectamente conservado, inhumado en unos ochenta centímetros de profundidad. Algunos clavos alrededor del cuerpo hacen suponer la existencia de un ataúd hoy desaparecido. ¿Quién había podido estar enterrado en el jardín de los frailes? No podía ser un Capuchino ya que tienen su cementerio en la Cripta ni tampoco se trata de un individuo cualquiera, puesto que es un Convento muy famoso.

Dos objetos extraordinarios acompañaban el esqueleto: dos hornillos de pipa de cerámica blanca, uno muy simple, el otro más valioso. Eran pipas del siglo XVII e inmediatamente se pensó en un famoso personaje del siglo XVII, tan devoto frecuentador del Convento de los Capuchinos como para querer ser enterrado en la sagrada ermita: Filippo Giuseppe San Martino d'Agliè di San Germano, más conocido con el título de Conde d'Agliè. Nacido en Turín en 1604, fue mariscal de Campo en Francia, Capitán de la Guardia de Su Majestad, Ministro de Estado, Superintendente general de Florencia, Mariscal general de la Armada, Gran Maestro de la Casa, Caballero del Orden Supremo de la Sagrada Anunciación, etc..

No ha pasado a la historia por todos estos altísimos cargos, sino por una dulce historia de amor nacida entre él y la viuda del Duque Vittorio Amadeo I, la Duquesa Cristina de Francia, primera Madama Reale.
Entre las disputas surgidas entre los partidarios de Madama y el Príncipe, durante la difícil regencia de Madama Reale desde 1637 a 1648 en nombre del pequeño duque Carlo Emanuel II, Filippo D'Agliè hizo frente al mismísimo Cardinal Richelieu quien lo encarceló en el castillo de Vincennes en Francia durante dos años.
El conde, famoso por sus exquisitas dotes artísticas, buen músico, excelente violonchelista, genial coreógrafo, escribió y dirigió innumerables ballets para la Corte de Turín, el más conocido de los cuales es Il Tabacco del 1650. Esto puede explicar por qué se encontraron las dos pipas junto a sus restos. El Conde Filippo d'Agliè pidió en su testamento ser enterrado humildemente en el convento del Monte de los Capuchinos. Murió en el Palacio Real de Turín el 19 de julio de 1667.