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La "prestigiación", abreviación de prestidigitación, es un arte que se expresa especialmente con la habilidad de los dedos (que tienen que ser más veloces que el ojo del público) y con mucha fantasía.
Magos, predigistadores, ilusionistas, malabaristas siempre han fascinado y excitado con sus trucos, a menudo ingeniosos, la fantasía de la gente.
La magia, como forma de entretenimiento artístico, siempre ha tenido una carga de maravilla rozando a menudo la incredibilidad. Las ilusiones, incluso las más perfectas, a parte de la velocidad de las manos y otros gestos rápidos, se valen sobre todo de momentos psíquicos. El buen ilusionista debe ser sobre todo un buen psicólogo que sepa interpretar el rol del mago; para acercarse al público debe "vivir" la acción o sea cuando alarga la mano en el aire para hacer aparecer, por ejemplo una canica, él mismo tiene que creer que ha cogido la canica del aire, o mejor todavía, que acaba de crearla en el instante mismo en el que aparece, aunque la otra parte de su conciencia esté entregada a la ejecución puramente manual y técnica del acto.
El artista nunca debe apartarse de la característica fundamental de la prestidigitación, sorprender divertiendo.
En Turín operan dos grupos amantes de la prestidigitación: el Club Mágico Bartolomeo Bosco y el Círculo de Amigos de la Magia, que además de enseñar el arte de la predigistación con sus números y con sus demostraciones públicas tienden a diferenciar el arte de la mistificación.
Turín dio nacimiento (1793) a uno de los mejores prestidigitadores de todos los tiempos: Bartolomeo Bosco. Con su extraordinaria habilidad consiguió, cosa en aquel tiempo inaudita, aparecer en los grandes teatros de la ciudad. La magia era su vida: hacía sus juegos en cualquier lugar, por las calles, en las tabernas, en los carruajes y gozaba de gran estima entre la corte del Zar, de emperadores y de reinantes de toda Europa. Las aventuras de Bartolomeo Bosco de Turín, profesor de prestidigitación, publicadas en 1851 son testimonio de la fama legendaria que gozaba el gran ilusionista turinés que contribuyó notablemente al antiguo arte de la ilusión placentera.
Este famoso predigistador dondequiera que estuviera, destacaba su origen de Turín. Tal es así que en este campo, su nombre reclamaba automáticamente nuestra ciudad; sería de esperar que Turín recordase su famoso ciudadano dedicándole una calle.